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Siempre espero enero con cierta impaciencia. Es un mes algo más tranquilo que los demás, con el que generalmente aprovecho para dedicarle un poco de tiempo a mis hijos, fotográficamente hablando.

Mientras realizo con ellos una sesión de fotos de bebés, les dirijo para que se olviden de la cámara y que simplemente jueguen. Los bebés se cansan rápidamente en una sesión de fotos tradicional, por eso es importante procurar que se diviertan lo más posible variando las actividades.

Y eso mismo hago con mis hijos. Les dejo cosas delante, y yo sólo me deleito retratando esas expresiones que he observado en los últimos meses y que no quiero olvidar jamás. El tiempo pasa muy deprisa, y los rostros y las muecas evolucionan tan rápido que para mí es importante inmortalizar todas las que pueda para poder decirles adiós llegado el momento, dejando paso a las nuevas: un dedo en la boca por esa molesta muela, un intento de guiño que no acaba de salir, un grito de emoción por casi cualquier cosa, una cara triste, una mirada ensoñadora…

Sí, mis hijos me fascinan… Me pasaría el día mirándoles embobada si no fuera porque en cuanto me descuido, alguno está a punto de partirse la crisma subido al sofá, o alguna otra locura.

Por eso varias veces al año les hago una ristra de retratos, que para el ojo ajeno pueden parecer todos iguales, pero que para mí son todos únicos y entrañables.

Seguro que a ti te pasa igual con tus hijos, ¿verdad? No dejes de retratarlos. Y si no te da la vida, ¿qué tal si te ayudo a inmortalizarlos con una sesión de fotos en mi estudio?

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