Con la llegada de un hermano al hogar, es inevitable que se generen ciertas tensiones. De pronto nuestro primonenito, que había sido un niño risueño, amoroso, tal vez turbulento, pero feliz, de repente, se vuele gruñon, estridente, quejica, y desobediente. Una o todas esas cosas a la vez.

Pues es lo normal. Cómo me dijo una psicóloga, ¿que dirías tú si un día tu marido te trae otra mujer a casa y te dice que se ha hecho mormón? Pues lo mismo les pasa a ellos.

Los hermanos mayores, que fueron hijos únicos hasta ese momento, se sienten descolocados e inseguros antes ese cambio. Las reacciones de los primogénitos pueden ser muy distintas, y desde luego todas son lícitas. Algunas serán más o menos difíciles de gestionar, pero hay que recordar, que como padres, tenemos que hacer lo posible para acompañar a este pequeño ser, en esa dura transición, con amor y también con firmeza.

Y desde luego no es tarea fácil, cuando el nuevo inquilino, no deja dormir ni una noche entera, y pide atención permanente, y nosotros estamos agotados. Pero hay que buscar espacios, dónde dedicarle al mayor, su tiempo en exclusiva, darle un papel para que se sienta útil, y sobre todo, tener mucha paciencia, porque las cosas pronto volverán a la normalidad.

Pienso todo esto mirando las fotos de este niño, porque el amor que capté en esta sesión de recién nacido, representa lo que todos sienten hacia sus hermanos menores, aunque no lo expresen con tanta claridad: amor e instinto de protección.

La llegada de un hermano al hogar